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No había amanecido aún,
y el campamento se encontraba en un gran estado de agitación.
Los niños corrían agitando palos de madera, en
tanto que los muy pequeños lloraban en brazos de sus
madres sin entender lo que sucedía: dos días atrás
uno de los mejores rastreadores del grupo avistó un rebaño
de venados de cola blanca y dio aviso a los demás cazadores.
Poco a poco llegaban al campamento los miembros de otras comunidades
para hacer parte de la batida. Numerosas mujeres organizaban
lo necesario para apoyar a los cazadores en las diferentes tareas
que se esperaban, o recogían bayas y cerezas silvestres
para acompañar la deliciosa cena por venir.
No
muy lejos de allí, varios cazadores afilaban sus puntas de proyectil retocando
cuidadosamente sus filos de piedra, y con tendones de venado las enmangaban en
largas lanzas de madera. Los adolescentes novatos en la caza pero prestos a ayudar
a sus mayores no sabían qué hacer, muy excitados. De repente, todo
fue silencio. Ante una seña del mejor cazador, el grupo se dividió
en dos y los cazadores comenzaron a avanzar por la planicie en contra del viento
para no alertar a los animales. Un gran macho de astas ramificadas se alzaba en
el horizonte y oteaba el viento en espera de alguna señal de peligro. Poco
a poco y con mucha paciencia, el primer grupo de cazadores avanzó agazapado
entre las espesas hierbas de la planicie hasta formar un semicírculo invisible
alrededor de la manada. Luego vino otra señal: se encendieron algunas antorchas
y comenzó una gran correría hacia las presas. ¡Todos los cazadores
gritaban al tiempo mientras blandían las teas encendidas! Los venados,
presas del pánico, se lanzaron en desbandada hacia el este, el único
lugar de donde no provenían gritos ni se observaban siluetas humanas. Las
hembras corrían para proteger a sus crías y los cervatillos bramaban
detrás de ellas. Cuando llegaron al borde de un elevado acantilado, perseguidos
por los cazadores, los venados se despeñaron uno a uno sin darse cuenta
de lo que sucedía, hasta que fue demasiado tarde. Muy
pocos miembros de la piara sobrevivieron a la maniobra de los cazadores. En tanto,
en la parte baja del risco, el otro grupo de hombres daba cuenta de los pocos
animales sobrevivientes a la caída y comenzaba a organizar las tareas de
desprese y tasajeado de las piezas cobradas. Luego de los gritos y abrazos que
celebraron la victoria, se dio aviso al campamento principal y nuevos individuos
arribaron al sitio para participar de las actividades de carnicería y curación
de las pieles. Algunos
cortaron leña y, al final del mediodía, ya existía un nutrido
grupo de habitaciones sencillas en el borde de la pared de roca donde todos se
dedicaban a uno u otro quehacer. Casi todas las partes de las presas se empleaban
para una u otra cosa: se cortaban los tendones para ser empleados como cuerdas;
se curtían las pieles para que no se malograran con la intemperie; con
los huesos descarnados se avivaban las hogueras y los órganos eran puestos
a cocer aprovechando la grasa que proveía la carne misma. Algunas mujeres
golpeaban con rocas duras, a manera de percutores, los huesos largos, las vértebras
y los cráneos; extraían la médula del hueso y los sesos y
los ponían en bolsas de cuero con agua y piedras calentadas al rojo vivo
para preparar caldos, sopas y colaciones. Al
final, todo estaba listo para la celebración. De la comida, dispuesta en
igual proporción para cada familia, los cazadores tomaron las piezas más
valiosas como el hígado y el corazón. Los siguieron en orden las
mujeres y los niños. Estos, por cierto, danzaron alrededor de las hogueras
para revivir la escena de caza de este día memorable, mientras los adultos
cantaban y tocaban las flautas de hueso y las ocarinas de concha de caracol propias
para tal ocasión. Ojalá el año entrante la caza del despeñadero
sea así de buena, y podamos volver a encontrarnos en un festín como
este con los miembros de otras bandas, cuando migran las manadas de venados.
Las
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América
a finales de la edad del hielo Las
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Colombia:
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Una
espléndida cena hace 8.000 años |