El oro prehispánico luchó en diferentes espacios hasta vencer con su antigüedad y la exclamación de su historia. De la Sala de Juntas del Banco de la República al edificio de 1968, pasaron años antes de entender lo que en realidad se estaba exhibiendo: el pasado de la nación.

Por Dominique Rodríguez Dalvard

     

 

“Cada vez que se descubría una sepultura, o se encontraba una `guaca´, se recogían orejeras, brazaletes, pectorales, sapos y culebritas, y con esos tunjos en la mochila llevaban los del hallazgo su `encuentro´ a la casa de moneda, o al banco, se los pesaban y entregaban al portador el precio en billete de papel, y al crisol los tunjos. Ni las señoras tuvieron la extravagancia de conservar curiosidades indígenas para broches o aretes”, narraba apesadumbrado Germán Arciniegas en sus “Secretos de El Dorado”, esa época en la que hasta bien entrado el siglo XX, en 1939, se solía fundir el oro encontrado en el territorio nacional.

Fue en ese año que el Gerente del Banco de la época, don Julio Caro, visionario, le aconsejó a la Junta del Emisor detener este saqueo de la memoria y empezar a guardar esos objetos que llevaron durante años los huaqueros a galerías y marchantes. “Mejor guardarlas aquí, a que se sigan fundiendo, a que salgan del país, a que se dispersen y queden en manos de particulares”, pensó aquel hombre que quedó consignado en la historia.

A partir de ese momento, la incipiente colección —que aún no se concebía como tal— empezó a tomar forma. Pero no lugar. Desde ese entonces hasta 1947 estuvo expuesta en la Sala de Juntas del Banco. A su lado, el busto de Bolívar, claro indicador de ese afán de exaltar la nacionalidad en dos momentos precisos: el pasado prehispánico y el nacimiento de la república.

Luego, entre 1947 y 1959, quienes se beneficiaron de su belleza fueron los colombianos destacados y las delegaciones diplomáticas que visitaban al país. Su visita obligada a ver las maravillas prehispánicas era motivo de orgullo de los banqueros.

Sin embargo, surgió una inquietud: ¿por qué no mostrarle también estos objetos magníficos y desconocidos a todos los colombianos? Ello llevó a que desde 1959 y hasta 1968, se habilitara una sala de exposición en el sótano del nuevo edificio del Banco de la República y se abriera al público general para que contemplara los objetos. Allí se abre todo un nuevo capítulo para la historia del Museo.

“Aún no existía conciencia de que se tenía un museo. Ese sótano era un corredor inmenso como de 50 metros de largo, con vitrinas a todo lo largo, de donde colgaban de forma totalmente decorativa —con cortinas de fondo— una selección de objetos representativos. Había una distribución por áreas arqueológicas, pero aún no se sabía lo que era un museo. Como nosotros tampoco en ese entonces”, recuerda Germán Samper, el arquitecto que con su firma Esguerra, Sáenz & Samper, diseñó el edificio que hasta fines del 2004 ha sido el Museo del Oro del Banco de la República, y con el cual obtuvieron el Premio Nacional de Arquitectura en 1970.

Por eso, cuando se le iba a asignar un piso del Banco en un nuevo edificio que se estaba proyectando “para que acomodara mejor las joyas” supo que no podía repetir la idea del sótano pero en un piso más arriba, y que esos objetos eran más que joyas. Se asesoró, junto con sus socios, “secretamente” con Luis Duque Gómez, en ese entonces director del Instituto Colombiano de Antropología. “¡Esta es nuestra oportunidad!, es el momento de mostrarle al país la riqueza de nuestro pasado”, parece haber exclamado el doctor Duque Gómez, quien les recomendó que hablaran con quienes estaban en ese momento concibiendo y diseñando el Museo de Antropología de México.

Viajaron pues, estos tres hombres, sin saber cómo decirle al gerente del Banco de la República que lo que necesitaban no era un piso sino un edificio completo, porque lo que iban a hacer no era un depósito de objetos de valor, sino un museo. Una semana bastó para que entendieran que lo que tenían que hacer era un museo científico y que como tal, era imprescindible tener un cuerpo científico que estudiara el significado de los objetos para las culturas que las concibieron. Era necesario despojar al oro del sentido decorativo y entender que detrás de éste, había un enorme contexto para investigar. Luego, vieron que se requería de profesionales especializados que pudieran traducir esos significados en la organización, recorrido y montaje de los objetos: los museólogos. También, tuvieron claro que la razón de ser de un museo es mostrarse a un público, generar opinión y sobre todo ser útil, didáctico.

Reto inmenso, porque era de los primeros museos que se construían específicamente para tal fin y con todo esa reflexión detrás. Rebasaron su función como constructores, creando un concepto. Vieron en la arquitectura el espacio ideal para expresar y contener ideas acerca del pasado.

Ese edificio, un prisma perfecto, se constituyó en el símbolo de la arquitectura moderna en el país.

Cuatro pisos abiertos al público en 1968 en donde se presentaban los objetos en sus diversos contextos y tecnologías aplicadas, un laberinto de pequeñas salas que permitiera contemplar los objetos íntimamente y un salón que reuniera todo ese resplandor y lo exhibiera como un golpe de luz que impresionara por su riqueza: el famoso Salón Dorado.

Una experiencia eficaz, que ha congregado al país y a millones de visitantes del extranjero a lo largo de 36 años de existencia, en una sola idea de identidad.

   
 
   
 
   
 
   
 
   
 
   
   
   
   
 
   
   
   
   
 
 
 
   
 
   
     
   
     

 
 
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