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La valla El Museo del Oro
se transforma es apenas el indicador de que algo está
ocurriendo detrás de las paredes del lugar que le ha
mostrado al país y al mundo las maravillas del universo
prehispánico colombiano. Invita a detenerse y mirar
que un gigantesco edificio enchapado en mármol gris
se extiende como respaldo al museo tradicional, Premio Nacional
de Arquitectura, abierto en 1968. Esa es la imagen desde afuera:
la bóveda se creció. El edificio compacto denota
que detrás de esas fachadas reposa algo de inmenso
valor. Que, en realidad, lo es. Es el patrimonio arqueológico
y antropológico de la nación.
Y para la asimilación de tal idea, sus respectivas
reformas: nuevo edificio, nueva manera de contar la historia,
nuevos recursos tecnológicos, nuevos servicios. En
fin: nuevo museo. Las más avanzadas técnicas
museográficas en temas de vitrinas herméticas,
iluminación por fibra óptica, soportes invisibles
de los objetos, señalética y bases, pero sobre
todo en el concepto de las salas: un espacio escenográfico
claro y abierto, en donde el protagonismo se lo lleva el oro.
A estas innovaciones de forma, se encadena una nueva narración
de la historia de la metalurgia como un ciclo vital: el oro
se extrae, se trabaja, se usa, se simboliza y se ofrenda para
volver a la tierra. Y para la profundización de las
miradas, animaciones pedagógicas, un exploratorio de
conocimiento, actividades culturales multidisciplinarias y
una sala multimedia conectada con el cerebro tecnológico
del Museo, para investigar, recorrer y dejarse tentar por
un espacio que le hará necesario volver.
El proyecto fue previsto en dos etapas: el 19 de diciembre
de 2004 se abre al público la primera en el nuevo edificio
y en el 2008 se reabrirá el antiguo edificio totalmente
renovado y unido con la nueva construcción. En ese
momento, el Museo contará con trece mil metros cuadrados
de construcción, cuatro salas temáticas de exposición
permanente, una destinada para exposiciones temporales y el
Exploratorio para niños y jóvenes.
La colección del Museo, conformada por 50.000 objetos
de oro, cerámica, madera, lítico y textiles,
es el resultado de una necesidad de conservación y
preservación de objetos que durante siglos fueron huaqueados
y adquiridos por diferentes entidades públicas y privadas
e incluso fueron regalados y vendidos a los gobiernos extranjeros
que hoy los exhiben en sus museos y colecciones. Al percatarse
de esta situación, el Banco de la República
comenzó a adquirirlos y conservarlos desde 1939.
Y aunque se sabía que eran valiosos, no se tenía
claro que dichos artefactos constituían un testimonio
fundamental del pasado. Conocimiento que sí se tiene
hoy en día. Porque es fácil mirar desde la barrera
y criticar la falta de visión, sin embargo, hay que
situarse a inicios del siglo XX, en donde aún el sinónimo
de oro era joya-tesoro-riqueza y las nociones de conservación
y museos eran inexistentes, sólo así resulta
más sencillo entender por qué sólo hasta
1939 el país se dio a la tarea de proteger los vestigios
del pasado.
Tarea, no obstante, que le tomó mucho tiempo construirse.
El cambio de mentalidad era algo perfectamente intuitivo.
Y aunque se comenzaron a gestar legislaciones para proteger
el patrimonio desde la década de 1920, sólo
hasta hace unos pocos años se habla con propiedad y
por medio de campañas a través de los medios
masivos de comunicación sobre la protección
al patrimonio mueble e inmaterial colombiano. Saberes como
la antropología o la arqueología ni siquiera
se asomaban por los salones de clase. Sólo, décadas
después, en los años de 1940, el establecimiento
en el país de científicos como Gerardo Reichel-Dolmatoff,
Luis Duque Gómez y otros tantos, quienes se fascinaron
con las culturas indígenas nacionales, hizo que la
mirada se comenzara a profesionalizar. Los estudios empezaron
a realizarse sobre los objetos de la colección, así
como los viajes a las diferentes regiones arqueológicas
del país. Luego se empezaron a aplicar teorías
sobre cómo clasificar, organizar y divulgar la colección.
Teorías que se fueron adoptando a los tiempos y a las
necesidades del público.
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