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Cada
vez que se descubría una sepultura, o se encontraba una
`guaca´, se recogían orejeras, brazaletes, pectorales,
sapos y culebritas, y con esos tunjos en la mochila llevaban
los del hallazgo su `encuentro´ a la casa de moneda, o
al banco, se los pesaban y entregaban al portador el precio
en billete de papel, y al crisol los tunjos. Ni las señoras
tuvieron la extravagancia de conservar curiosidades indígenas
para broches o aretes, narraba apesadumbrado Germán
Arciniegas en sus Secretos de El Dorado, esa época
en la que hasta bien entrado el siglo XX, en 1939, se solía
fundir el oro encontrado en el territorio nacional.
Fue en ese
año que el Gerente del Banco de la época, don
Julio Caro, visionario, le aconsejó a la Junta del Emisor
detener este saqueo de la memoria y empezar a guardar esos objetos
que llevaron durante años los huaqueros a galerías
y marchantes. Mejor guardarlas aquí, a que se sigan
fundiendo, a que salgan del país, a que se dispersen
y queden en manos de particulares, pensó aquel
hombre que quedó consignado en la historia.
A partir
de ese momento, la incipiente colección que aún
no se concebía como tal empezó a tomar forma.
Pero no lugar. Desde ese entonces hasta 1947 estuvo expuesta
en la Sala de Juntas del Banco. A su lado, el busto de Bolívar,
claro indicador de ese afán de exaltar la nacionalidad
en dos momentos precisos: el pasado prehispánico y el
nacimiento de la república.
Luego, entre
1947 y 1959, quienes se beneficiaron de su belleza fueron los
colombianos destacados y las delegaciones diplomáticas
que visitaban al país. Su visita obligada a ver las maravillas
prehispánicas era motivo de orgullo de los banqueros.
Sin embargo,
surgió una inquietud: ¿por qué no mostrarle
también estos objetos magníficos y desconocidos
a todos los colombianos? Ello llevó a que desde 1959
y hasta 1968, se habilitara una sala de exposición en
el sótano del nuevo edificio del Banco de la República
y se abriera al público general para que contemplara
los objetos. Allí se abre todo un nuevo capítulo
para la historia del Museo.
Aún
no existía conciencia de que se tenía un museo.
Ese sótano era un corredor inmenso como de 50 metros
de largo, con vitrinas a todo lo largo, de donde colgaban de
forma totalmente decorativa con cortinas de fondo
una selección de objetos representativos. Había
una distribución por áreas arqueológicas,
pero aún no se sabía lo que era un museo. Como
nosotros tampoco en ese entonces, recuerda Germán
Samper, el arquitecto que con su firma Esguerra, Sáenz
& Samper, diseñó el edificio que hasta fines
del 2004 ha sido el Museo del Oro del Banco de la República,
y con el cual obtuvieron el Premio Nacional de Arquitectura
en 1970.
Por eso,
cuando se le iba a asignar un piso del Banco en un nuevo edificio
que se estaba proyectando para que acomodara mejor las
joyas supo que no podía repetir la idea del sótano
pero en un piso más arriba, y que esos objetos eran más
que joyas. Se asesoró, junto con sus socios, secretamente
con Luis Duque Gómez, en ese entonces director del Instituto
Colombiano de Antropología. ¡Esta es nuestra
oportunidad!, es el momento de mostrarle al país la riqueza
de nuestro pasado, parece haber exclamado el doctor Duque
Gómez, quien les recomendó que hablaran con quienes
estaban en ese momento concibiendo y diseñando el Museo
de Antropología de México.
Viajaron
pues, estos tres hombres, sin saber cómo decirle al gerente
del Banco de la República que lo que necesitaban no era
un piso sino un edificio completo, porque lo que iban a hacer
no era un depósito de objetos de valor, sino un museo.
Una semana bastó para que entendieran que lo que tenían
que hacer era un museo científico y que como tal, era
imprescindible tener un cuerpo científico que estudiara
el significado de los objetos para las culturas que las concibieron.
Era necesario despojar al oro del sentido decorativo y entender
que detrás de éste, había un enorme contexto
para investigar. Luego, vieron que se requería de profesionales
especializados que pudieran traducir esos significados en la
organización, recorrido y montaje de los objetos: los
museólogos. También, tuvieron claro que la razón
de ser de un museo es mostrarse a un público, generar
opinión y sobre todo ser útil, didáctico.
Reto inmenso,
porque era de los primeros museos que se construían específicamente
para tal fin y con todo esa reflexión detrás.
Rebasaron su función como constructores, creando un concepto.
Vieron en la arquitectura el espacio ideal para expresar y contener
ideas acerca del pasado.
Ese edificio,
un prisma perfecto, se constituyó en el símbolo
de la arquitectura moderna en el país.
Cuatro pisos
abiertos al público en 1968 en donde se
presentaban los objetos en sus diversos contextos y tecnologías
aplicadas, un laberinto de pequeñas salas que permitiera
contemplar los objetos íntimamente y un salón
que reuniera todo ese resplandor y lo exhibiera como un golpe
de luz que impresionara por su riqueza: el famoso Salón
Dorado.
Una experiencia
eficaz, que ha congregado al país y a millones de visitantes
del extranjero a lo largo de 36 años de existencia, en
una sola idea de identidad.
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