Luego de 65 años de historia y mucho conocimiento adquirido acerca de la colección y las sociedades prehispánicas, se ha hecho necesario replantear la forma de acercarse al oro y a la riqueza simbólica y tecnológica del universo metalúrgico antiguo.

Por Dominique Rodríguez Dalvard

     

 

Al oro ya no le basta encasillarse en áreas, ni estilos arqueológicos. Ni situarse solo, único, sin relación alguna con la cerámica o la lítica de su entorno. Referirse al oro Zenú, o Quimbaya, hoy, simplemente no es suficiente. Porque cada una de estas sociedades se fue transformando a lo largo de los años, de los siglos, generando versiones, funciones y significados distintos de los objetos con el paso del tiempo. Las sociedades no son estáticas, unas y otras se movieron en la geografía nacional según las alianzas o contactos que hacían con otras comunidades. Eso, sin duda, generó cambios estilísticos y funcionales en los objetos. Por eso, intentar darle un tiempo y sentido únicos a un artefacto de oro resulta incorrecto y simplista.

Estas ideas —sugeridas por los arqueólogos del Museo del Oro del Banco de la República, que vienen estudiando el tema y sus teorías hace años y al mirar la forma como se presentan este tipo de museos temáticos en el mundo— han hecho que la planeación del nuevo Museo tenga como eje fundamental mostrar la multiplicidad de posibles miradas que puede permitir un objeto de oro, cerámica, textil o piedra, en un contexto contemporáneo.

En ese sentido, las miradas transversales que atraviesan estos objetos requieren de la exploración de la complejidad tecnológica de cómo fueron fabricados, así como el carácter ritual que las rodeó, donde el tema del vuelo chamánico explica en gran medida cómo estas sociedades condensaron su pensamiento y cosmovisión en los objetos, así como en las fuerzas del bien y del mal. Además de su respectivo pago a la naturaleza con el oro, a través de la ofrenda para alcanzar el equilibrio perdido por el uso de los metales preciosos de la tierra.

Por esta razón las unidades temáticas del nuevo Museo serán las siguientes:


El hombre encuentra que el metal es el primer material que transforma su estado al entrar en contacto con el fuego. Una vez es consciente de que puede manipularlo, eso hará que lo vuelva indispensable en su vida.

Hoy, en la construcción de sus ciudades, para desplazarse —en automóvil, tren o avión—, para intercambiar sus bienes —moneda—, para conquistar nuevos planetas —cohetes—, para comunicarse —antenas—, para embellecerse, maravillarse y contemplar —arte—, y hasta para matarse —armas. Los metales serán para el hombre moderno a partir de ese momento, un elemento imprescindible para existir.


Hay cerca de 1.500 años de producción orfebre en la Colombia prehispánica y en Latinoamérica, en sociedades y geografías diferentes, razón por la cual una historia de la metalurgia se hace indispensable para entender los procesos que vivieron las diferentes comunidades indígenas. Una tarea científica de análisis químicos y físicos de los objetos, a relacionar con la antropología, arqueología e historia.

Ello, para mirar la tecnología de la metalurgia desde toda una nueva perspectiva social, que no sólo está enmarcada en el campo de la metalurgia, ni únicamente hay fuerza y herramientas tras su resultado, sino que hay elementos sociales fundamentales. Porque la tecnología es una acción cultural, en donde el hombre hace determinadas escogencias sobre lo que va a realizar. Esas decisiones significan más poder, más política y más símbolos religiosos detrás de un objeto en apariencia sencillo. Y con ellas, una mirada mucho más antropológica a la cuestión de la tecnología.

De esta manera y sin exagerar los alcances de la metalurgia colombiana, ya que todos los estilos se basan en unas técnicas de manufactura de fundición en cera perdida y martillado y un acabado de dorado por oxidación, sin embargo sí hubo innovaciones locales:
1) como en la región Nariño que se usaron diversos metales, no la usual aleación oro-cobre, sino que se usó el cobre puro, cuya metalurgia es de una mayor dificultad y sofisticación. Así como el empleo de bronces únicos; 2) Tumaco: empleo del platino, trabajo sin fundición, mezclado con oro. Además de los raspados sobre el metal para generar otros colores (como los discos que se perciben en las salas) 3) uso de matrices (moldes) en la cordillera oriental; 4) Chocó: uso de soldaduras especiales.


Estudiada de sur a norte del país la orientación con la cual se llevó a cabo el desarrollo de la metalurgia en el país, en esta unidad se intenta entender la razón por la cual algunas estructuras sociales trabajaron los metales y otras no, o por qué unas lo hicieron con ciertas características muy disímiles a sus vecinos. Estos paneles, mapas y grafismos introductorios se verán acompañados de artefactos diferentes al metal, en cerámica, textiles, hueso, concha, madera y lítico, al igual que las momias, para entender los contextos en los cuales se creaban los objetos de oro y sus materiales prácticos y rituales relacionados.

Se empieza a vislumbrar además que alrededor de estos vestigios hay un universo ritual y simbólico que está estrechamente relacionado con la estructura social de una u otra comunidad. Quiénes ejercen el poder, cómo se llega a ser un líder espiritual, cómo se crean las diferentes jerarquías sociales y políticas, quiénes rinden culto, qué objetos se utilizan para ello y por qué.


La orfebrería invita a que se busque ese mundo simbólico detrás de los objetos. Sin embargo, este universo de los símbolos está fuertemente relacionado con las esferas de la religión, la política y la economía de esa cultura, que se constituye como un todo en donde se incluyen todos los aspectos del desarrollo social. Porque se trata de cosmovisiones donde se integra todo y se relaciona cada aspecto de la vida diaria. Se trata de la cosmovisión indígena, un pensamiento que articula la organización social, política y las relaciones ambientales de la comunidad. Posibilitando la posición de la gente en el mundo.

Un mundo concebido en tres esferas verticales, la de arriba, la del mundo medio y la de abajo. En donde la función humana es encontrar el equilibrio en dichos estratos, de naturaleza, dioses y “los otros” —la gente— Porque hay que intentar comprender que estas culturas basaron sus filiaciones con base a la naturaleza, a las plantas, estrellas, animales, todos convirtiéndose en parientes, por lo que el respeto es fundamental y el abuso con la naturaleza, inexistente.

Llegar al conocimiento, estar en estadios superiores, tener poder, significa tener la capacidad de mediar entre las fuerzas malignas e inmateriales del inframundo, en este caso, representado por seres del “mundo de abajo” como los murciélagos. El llamado a lograr ese equilibrio de fuerzas a favor de la gente es el chamán. Un ser de la élite espiritual y social que tiene el poder de manejar la fertilidad de la naturaleza y viajar con la mente a otros mundos.



Como todo tiene una explicación en el mundo indígena, el chamán a través de la alteración de la conciencia, puede acceder a otras dimensiones y logra crear un universo negociatorio que le permite encontrarse con las divinidades, conseguir cosas para su comunidad o pagar con ofrendas el uso de los recursos de la naturaleza. La ofrenda se constituye como el convenio que hace el chamán con los espíritus del mal, en estados de trance. El oro se constituye entonces en la compensación que le devuelve la armonía que rompió. La ofrenda es el pago por el restablecimiento del balance entre los mundos. Por eso es un escenario necesario para completar el ciclo del metal extraído de la tierra. Y como tal, un final simbólico para volver a empezar.

   
 
   
 
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
 
   
 
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
 
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
     
   
     
 
 
 
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