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Las sociedades
prehispánicas manejaron un vasto conjunto de plantas,
algunas con importantes usos religiosos. Plantas sagradas
como el tabaco, la coca, el yagé, el yopo y muchas
más fueron empleadas por los chamanes para adentrarse
en la dimensión espiritual de la realidad y visitar
los otros niveles del cosmos. El consumo de estas plantas,
junto con ayunos, sonidos, efectos lumínicos y movimientos
corporales repetidos, inducía el estado de trance que
hacía visible lo invisible y enseñaba los secretos
y poderes del universo. |
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Los chamanes y sacerdotes eran expertos en el procesamiento
y consumo de la flora sagrada, en sus usos culturales y en
reconocer a los distintos espíritus encontrados en
los trances. Los aspirantes a sacerdote eran entrenados por
maestros ancianos y sabios. Pasaban años encerrados
en templos y cuevas sin ver la luz del sol, sometidos a dietas
sin sal ni ají y a muchas otras restricciones.
El chamán, bajo el efecto de las plantas de poder,
conectaba los diversos mundos. Viajaba por el del medio, el
superior y el inframundo, para poner en comunicación
a todos sus seres.
La coca fue utilizada en rituales de adivinación,
curación de enfermedades y ofrendas. Como alimento
espiritual, las plantas sagradas debían ser ofrecidas
por los hombres a sus dioses. En la Región Andina se
cultivaba la coca novogranatense o colombiana. Para optimizar
el efecto estimulante, sus hojas secas se mezclaban en la
boca con la cal guardada en el poporo.
El yopo, un potente alucinógeno extraído del
árbol Anadenanthera, llegaba de los Llanos
Orientales. Se inhalaba con una cucharita o un hueso de ave
desde bandejas decoradas con animales que evocaban las transformaciones
experimentadas.
Una amplia variedad de cuencos, cucharas, inhaladores y bandejas
fue empleada en el consumo de las diferentes preparaciones
del tabaco, el yagé, el yopo y demás plantas
de los dioses.
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Los mitos relataban las historias
del origen del universo y la cultura en un pasado remoto.
Explicaban la génesis del mundo, de los astros, la
gente y los animales, y cómo los grupos sociales habían
obtenido su territorio, las herramientas, los instrumentos
musicales y las reglas de matrimonio. Los rituales recreaban
la mitología. Los danzantes, con sus máscaras
y atavíos, se transformaban en los creadores o en los
ancestros y revivían, durante los bailes, las hazañas
de los primeros tiempos; hacían que el pasado primordial
retornara al presente.
Según una tradición milenaria, la pareja ancestral
se transformó en dos serpientes y regresó a
su laguna de origen. En los mitos es frecuente este retorno
al escenario y circunstancias del inicio. La serpiente con
una cabeza en cada extremo aparece asociada al sol como símbolo
de su oscilación eterna entre dos puntos opuestos en
el horizonte, movimiento desde el cual brotaba la vida.
Las mitologías evocaban criaturas insólitas
como serpientes de varias cabezas o seres conformados por
diversas especies: venado, serpiente, felino y humano. Eran
ancestros polimórficos, chamanes transformados o héroes
milenarios.
En vasijas con escenas de danzantes con máscaras espeluznantes
de colmillos prominentes y mandíbulas enormes los antiguos
taironas representaron sus templos transformados en microcosmos
primordiales.
El tiempo era concebido de forma cíclica o en espiral,
a imagen de eventos repetidos en la naturaleza como los movimientos
de los astros, la reproducción de los animales y el
periodo de las mujeres.
Las metamorfosis de algunos animales, como los insectos
y los batracios, representaron el ciclo incesante de vida,
muerte y renacimiento al que estaban sometidos todos los seres.
Las flautas, maracas y silbatos reproducían los sonidos
de los animales, los fundadores o los ancestros. En los rituales,
la música creaba el ambiente propicio para internarse
en el tiempo mítico.
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Los pueblos amerindios otorgaron también
significados a los materiales, herramientas y técnicas
de sus tecnologías, y atribuyeron poderes especiales
a los orfebres y otros transformadores de la materia. Los
materiales se entendieron como principios de vida o seres
en formación, que los artesanos, con su trabajo y el
uso del fuego y sus instrumentos, y a la manera de los demiurgos,
ayudaban a transmutar o a madurar. Los hornos y crisoles se
asimilaron a úteros y a otros lugares de peligrosas
transformaciones; en ellos se hacían ofrendas y rituales
para asegurar los procesos.
Los espejos y otros objetos de obsidiana, pirita, cuarzo
y metales fueron instrumentos mágicos, adivinatorios
y proféticos. Por sus cualidades reflectoras, se creía
que comunicaban con los mundos y seres sobrenaturales. La
simetría y el equilibrio de las formas y los diseños
de los objetos expresaban la preocupación por la búsqueda
del balance de propiedades y fuerzas en el cosmos.
Una filosofía sagrada del brillo dio sentido a los
objetos culturales lustrosos y a los fenómenos luminosos
de la naturaleza. Generó una estética particular
al privilegiar ciertos materiales y acabados. Durante las
ceremonias, las placas colgantes de los adornos producían
destellos de luz y sonidos metálicos que favorecían
la transformación de los participantes y su comunicación
con los dioses.
Con frecuencia los tonos rojizos se vincularon con la sangre,
el calor, la transformación y lo femenino; los verdes,
con la regeneración, el florecimiento y la vegetación;
los blancos y amarillos, con el semen y el sol.
La plata y el cobre, con colores y superficies vulnerables
al paso del tiempo, se pensaron en concordancia y armonía
con la luna, el embrión humano y otras entidades cambiantes
y cíclicas de la naturaleza. Al extraer, beneficiar,
combinar y trabajar los metales, los mineros y orfebres controlaron
y manipularon a la vez sus propiedades materiales y espirituales.
Como creadores y transformadores se asociaron a los dioses. |
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Los pueblos prehispánicos
proyectaron sus imágenes del universo en cuevas, cerros
y lagunas; en el cuerpo humano, y en casas, vasijas y otros
artefactos. Los templos y los cercados de los caciques se
pensaron como réplicas sagradas del cosmos: sus pisos
y techos se identificaban con los mundos superpuestos, y las
puertas con los canales que los comunicaban, mientras los
postes representaban el eje y los soportes cósmicos.
En su interior, sacerdotes y gobernantes registraron los movimientos
de los astros para programar las actividades colectivas y
realizar ceremonias orientadas a conjurar el caos y la destrucción.
Los cercados o viviendas de los caciques rodeadas por empalizadas
se imaginaron como un organismo viviente. La puerta era su
boca, el poste central, su esqueleto, y el camino ceremonial,
su estómago.
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Con este poporo encontrado en Antioquia
en el siglo XIX, el Banco de la República inició
en 1939 su Museo del Oro. Imita un fruto de calabazo cuyas formas
redondeadas se relacionaron con el cuerpo femenino. |
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Las
imágenes del cosmos
Ofrendas
y sacrificios para los inmortales
Las
plantas del conocimiento |
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