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juego de palabras puede encerrar un par de verdades sobre el Museo del Oro, según
es visto por el público infantil. Investigaciones independientes sobre
cómo los niños se relacionan con la exposición del Museo
de Bogotá coinciden en revelar dos aspectos: en primer lugar, que lo más
atractivo del Museo son las momias y los esqueletos, probablemente porque la muerte
es un tema que en otros ambientes está vedado a los niños; en segundo
lugar -y el más grave- que el público juvenil no concibe el Museo
como un lugar de esparcimiento, de ocio productivo, un lugar para descubrir y
sorprenderse, sino que por la acción de la mentalidad de los adultos y
en particular de los maestros éste se convierte en la casa del ogro. Cuando
un niño llega al Museo con su padre, madre o adulto acompañante,
éste, apenas sale de los incómodos formalismos de requisa y taquilla,
se dedica por precaución a regañar a su pupilo: "hable pasito",
"no vaya a correr", "lo traje aquí para que aprenda".
Si la visita es de un grupo escolar los educandos se alinean en formación
frente a la fachada del Museo para recibir de sus maestros una instrucción
similar: "¡a escupir chicles!", "¡no vayan a hablar!".
En una época incluso se exigía a los grupos que recorrieran el frente
de las vitrinas en fila india y a velocidad constante, algo que hace casi imposible
mirar el contenido de las mismas. Tal
vez la mayor tortura se da cuando los niños son enviados a hacer tareas.
Cada fin de semana se ven decenas de colegiales en el mismo plan: vienen en grupos
de tres niños o niñas solos o de uno acompañado por sus padres
y cuando encuentran el primer texto en una vitrina se dedican a copiar y a copiar,
hasta haber copiado todo el Museo. Como esto puede tomar dos a tres horas, el
nivel de angustia no deja tiempo para mirar las vitrinas ni para pensar en lo
que se está copiando. Muchos padres caritativos copian ellos mismos para
que no tengan que hacerlo sus hijos, de manera que éstos ni siquiera sabrán
a qué lugar del Museo corresponde cada texto. Otros regañan de nuevo
en cada vitrina y pretenden a coscorrones que el niño registre cada una
de las informaciones que contiene la exposición. Incluso se han observado
familias que interrumpen su visita porque esta regañadera inaguantable
desintegra al grupo y genera discordia familiar. Son
pocos los habitantes de la capital que no conocen el Museo del Oro. La gran mayoría
lo conoció durante una visita escolar o en relación con una tarea,
pero de estos son contados los que aprendieron que un Museo puede ser ese espacio
lúdico y sensorial que completa al ser humano o la actividad externa al
aula que permite justamente eliminar la distancia vertical en aras de una mejor
integración educativa en la escuela. La nueva mirada que propone el Museo
significa reexaminar la facilidad con que reprimimos lo lúdico, y abatir
nuestra resistencia a hacer algo que atente contra la seriedad y que suene a paseo. El
fenómeno del Museo del Ogro se debe en parte a que el Museo se concibe
justamente como un espacio para ser serio, para ser formal. Se está ante
uno de los templos del sentimiento de patria. Los visitantes se sienten observados
por los vigilantes, por las cámaras, por el mármol, y se dedican
a comportarse "como debe ser": para los adultos, esto significa asumir
sin darse cuenta el rol de llamar al orden y regañar. Copiar
es también un problema de autoridad: me pidieron aprender sobre los indígenas
prehispánicos, qué tal llegarle al maestro con un cuento como "mire
que los indios hacían una ssoda de figuritas de oro, lo último,
y en ellas se vé cómo se vestían y qué animales existían
en esa época". Eso no sería serio. Hay que hacer hablar la
voz del texto, citar lo que escribió algún arqueólogo de
gafas gruesas y limitarse a la mirada de esas gafas. Ser
serio es además, en la mentalidad del público, ser exhaustivo. Es
cierto que los museos ofrecen una gran cantidad de información, muchísima
más de la que contienen los textos escritos e infinitamente más
de la que un solo especialista pudiera reconocer o detectar, aún estando
en las salas durante largos meses. Pero no se trata de que un visitante, adulto
o niño, descubra toda la información. Se trata de tener ideas, de
ser sorprendido por los objetos y por la museología, de recibir un masaje
estético, de lograr transportarse a un mundo diferente de aquel donde transcurre
nuestra vida diaria. Los niños, con mayor razón, deben ver sólo
lo que les interese y lo que estén en capacidad de comprender. Curiosamente,
los adultos que vienen solos al Museo no aplican para sí mismos esa exigencia
de exhaustividad y rigor; a ellos, que no tienen que hacer tareas, se los ve ir
solamente a las vitrinas que les atraen, leer sólo los textos que podrían
resolver alguna duda planteada por los objetos, contar chistes y hacer alarde
de creatividad frente a sus amigos. Pero todos queremos lo mejor para el futuro
de nuestros niños. Por eso el maestro que quiere hacer lo mejor posible
estudia a fondo la cuestión y genera un cuestionario que tiene como mínimo
doce o catorce preguntas que los niños deben resolver si han de volverse
más "cultos" o más sabios luego de visitar el Museo. Por
eso el padre y el maestro predican para su hijo o pupilo algo tan aburrido que
ellos mismos no soñarían en aplicar para sí. Lo
grave, desde el punto de vista del Museo del Oro, es que esta imagen de un sitio
donde uno fue maltratado por los adultos mejor intencionados se graba en la memoria
como un sitio que ya ví y donde no hace falta volver. Los educadores estamos
dañando la idea de ocio productivo que en todo el mundo se asocia con los
museos, como lugares que reúnen el conocimiento, el arte, la magia y el
placer. El Museo del Oro está perdiendo público y -lo que resulta
peor- el público está desaprovechando un recurso tan único
y maravilloso como es el Museo del Oro de los colombianos. El
Museo ha dedicado desde hace unos veinte años una atención privilegiada
a los colegios. La oficina de Servicios al Público establece citas para
acoger hasta cinco grupos de cuarenta estudiantes cada día. La oficina
de Servicios Educativos presta gratuitamente a las instituciones educativas videos,
materiales didácticos y exposiciones gráficas que amplían
y prolongan el impacto del Museo en la comunidad. Sin embargo, ante este descubrimiento
tan dramático -que la exhibición resulta aburrida o torturadora
para los niños- estamos orientando una parte de nuestra investigación
pedagógica hacia lo que sucede en las salas mismas y hacia el público
familiar.
Dos de los
materiales didácticos creados recientemente por la oficina
de Servicios Educativos se dirigen al grupo familiar visitante,
compuesto a la vez por niños y por adultos. La exposición
temporal del Oro y jade de Costa Rica (julio de 1999)
tiene una tercera dimensión de interactividad didáctica.
El público encuentra una muestra muy estética
de los tesoros del patrimonio costarricense acompañada
por textos explicativos muy aplomados. Pero de cada vitrina
sale un panel didáctico corredizo que le plantea al visitante
un cuestionamiento, le hace una pregunta o le aporta un chisme
para obligarlo a mirar de nuevo y a repensar las piezas que
vió. A la vez se entrega a los niños de 7 a 12
años un material impreso que les brinda más apoyo
para ver las vitrinas y les sugiere actividades -incluso muy
complejas- para realizar en casa con el fin de formalizar lo
aprendido.
"Upa,
upa, Toma tu lupa" es una hoja que surge a partir de estas reflexiones
y que se entrega a las familias al ingresar al Museo como una lupa -es decir,
un conjunto de preguntas y algunos datos- para que observen los lugares claves
de las salas del segundo piso en convivencia pacífica y a través
de los maravillados ojos infantiles. Queremos que una familia compuesta por un
menor y dos adultos no sume ya tres ogros; ojalá sume tres niños
exploradores que comparten sus experiencias, sus ideas, sus descubrimientos y
sus emociones a la vez que pasan juntos un momento inolvidable. Esta
Lupa es un material muy diferente a todos los anteriores del Museo y no le
sirve a los grupos escolares. Como es anti-tareas, no requiere siquiera de un
lápiz y resulta totalmente inútil cuando no se está frente
a la vitrina que debe ser observada, o cuando no se tiene a la mano un abuelito
que alguna vez haya oido hablar de los Gaiteros de San Jacinto. De hecho, en los
primeros ensayos se vió que los estudiantes sometidos a la tortura de las
tareas consideran interesantes estas hojas pero las guardan para seguir copiando
angustiados y sin mirar. 
El diagnóstico de lo que hemos llamado el "Museo del
Ogro" revela la necesidad de cambiar profundamente el esquema
ideológico que tienen visitantes y profesores sobre un
museo, y específicamente sobre el Museo del Oro. Esta meta
que se ha impuesto la oficina de Servicios Educativos sólo
puede lograrse mediante la participación de los maestros
mismos, quienes han demostrado ser entusiastas y receptivos a
este llamado.
Para
lograrlo, desde hace algún tiempo se viene trabajando en asocio con la
facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Pedagógica Nacional, en
un grupo que analiza y estudia la mejor forma de desarrollar la función
educativa del museo y cómo hacerlo más asequible como herramienta
pedagógica, dentro de una didáctica que satisfaga las necesidades
del sistema educativo y de la comunidad educativa (profesores, padres de familia
y estudiantes). Asimismo,
se realizan mensualmente encuentros con maestros,
no sólo de ciencias sociales sino de diversas áreas (los maestros
de artes han sido particularmente receptivos). En estos encuentros, además
de conocer la gama de servicios y elementos de préstamo gratuito que el
Museo pone a su disposición, los docentes han tenido la oportunidad de
darnos a conocer sus comentarios y sugerencias sobre su experiencia pedagógica
dentro del museo. En algunos casos han servido para que ellos compartan una experiencia
que puede servir como modelo a sus colegas. En otros, ha servido para encender
el espíritu creador de los profesores y éstos han diseñado
materiales didácticos que muchas veces son dignos de emular. Otros
canales de comunicación con la comunidad educativa, pero primordialmente
con los profesores, están en el sitio de Internet (www.banrep.gov.co/museo)
donde se ha diseñado una sección especial sobre los servicios
educativos, y en los talleres para adultos y maestros que mensualmente permiten
al profesor enterarse de un tema específico sobre las comunidades aborígenes
prehispánicas y algunas actuales, y compartir con sus colegas mientras
trabaja con materiales como arcilla, latón, papel, para luego aplicar estos
conocimientos en el aula. Estamos
convencidos de que cualquier cambio de actitud de rechazo o aceptación
de los museos como espacios para disfrutar el tiempo libre, por parte del público
general, está condicionada por aquella que los maestros tienen y transmiten
consciente o inconscientemente en el aula. Los maestros son, pues, nuestros socios
para el cambio. *Documento
elaborado para la participación del Museo del Oro en el coloquio Tiempo
libre, creatividad, arte y cultura convocado por el Instituto de Investigación
Educativa y Desarrollo Pedagógico IDEP. Las ideas expresadas son resultado
de la investigación realizada en conjunto por la Oficina de Servicios Educativos
del Museo, a cargo de Flor Alba Garzón, y el Departamento de Sociales de
la Universidad Pedagógica (grupo a cargo de la profesora Teresa Carrascal).
Cómo
citar este artículo
Londoño, Eduardo, y Flor Alba Garzón. 2000.
¿Qué le dijo la momia al esqueleto? Ponencia
ante el coloquio Tiempo libre, creatividad, arte y cultura
convocado por el Instituto de Investigación Educativa
y Desarrollo Pedagógico IDEP. Sitio web Museo del Oro,
Banco de la República, Bogotá. Obtenido de la
red mundial el (fecha cambiada por el usuario según
el día en que consultó el archivo). http://www.banrep.gov.co/museo/esp/educa_ogro.htm
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