| | La
nueva Ley General de Educación colombiana propone que en nuestro país
no se enseñen más contenidos repetidos sin mayor sentido, sino que
se forje en cada estudiante una capacidad crítica e inclusive una autonomía
de investigador que le permita decidir por sí solo ante un problema y buscar
las soluciones. A
la vez, las directrices educativas sugieren que los colegios amplíen su
horizonte para incluir otras experiencias didácticas: los museos, sin duda,
son la primera y mejor opción para enfrentar al alumno a una experiencia
de investigador. Antecesores de lo que hoy en día se llama "multimedios",
los museos ofrecen un contenido mucho más rico y enriquecedor que el de
los textos que puedan estar escritos en sus vitrinas y paneles. Tampoco son ya
solamente una colección de objetos colocados sin ton ni son dentro de vitrinas:
el guión museográfico mueve los hilos tras bambalinas y, sin que
el espectador sepa cómo, une las palabras a los objetos y a un plan subyacente
para sugerir en quien observa toda clase de nuevas ideas, a pesar de no decir
en forma escrita sino apenas lo esencial. Al
maestro le corresponde entonces guiar a sus alumnos hacia la experiencia de mirar
con ojos nuevos un museo. Es la ocasión, por cierto, de alejarlos del lamentable
preconcepto que existe hacia las bibliotecas, donde pareciera que investigar consiste
en fotocopiar. Y aunque los museos tienen valiosas bibliotecas, es sin duda hacia
sus salas de exhibición que debe dirigirse el alumno en trance de hacer
una tarea.
 El
guión de una exposición es una estructura en la cual textos, objetos
e imágenes se combinan cuidadosamente con el fin de transmitir un mensaje
definido de antemano. En esto un museo se asemeja al cine o al teatro: su autor
escribió un documento a dos columnas, poniendo en una los parlamentos de
los actores y la otra su accionar, sus emociones, la descripción de lo
que será la ambientación de cada escena en la que está dividida
la obra. Sólo cuando está definido el guión se sabe cómo
será la película y cuántos elementos, actores, equipos y
costos serán necesarios para su realización.El
guión define además las unidades museográficas, que son como
los capítulos en los cuales se organizan los temas de un libro. Los
letreros, en diálogo permanente con la imagen, dan las ideas básicas
y dirigen los sentimientos del observador sin tener que repetir lo que el público
ve, sólo destacando lo importante. Esa distribución de las ideas
entre unas imágenes y objetos muy bien seleccionados, y unos textos precisos
y sintéticos, hace que poner al alumno a copiar lo escrito en las vitrinas
resulte tan inútil como pedirle que oiga una película sin verla.
 Comparada
con otros medios de comunicación masiva, como la radio, el cine, la televisión
o los libros y revistas, una exposición presenta características
únicas. Es didáctica, porque el público la visita para aprender
de algo, para conocer, como cuando se aborda un libro no novelado o un documental
de televisión; pero a la vez debe ofrecer una gran dosis de entretenimiento.
Un buen museo instruye siendo ameno; a la vez, no aspira a ser muy profundo ni
puede abarcarlo todo. Es más bien una revista ilustrada.La
palabra mágica es curiosidad. Si hay objetos interesantes, originales o
novedosos, el público disfruta de poder ejercer su curiosidad. Un tema,
una imagen o un objeto atractivos lo motivan para leer los textos que los acompañan;
a la vez, el museo-vidente tendrá siempre el recurso de ignorar todo lo
aburrido y dirigirse al próximo punto que atraiga su interés, o
a la puerta. El primer derecho del lector, se sabe, es el de no leer. La
curiosidad del visitante de museos se regodea con la presencia misma de los objetos,
muy superior a una fotografía o un video. No es lo mismo haberla visto
en una foto que decir "yo conocí la esmeralda más grande del
mundo". Cada museo que vemos es un evento: el Libertador acartonado de nuestros
libros de texto cobró mucha vida --para toda nuestra vida-- cuando la profesora
nos llevó a conocer su cama pequeñita en la Quinta de Bolívar.
Una exhibición tiene recordación. En cambio, ¿cuál
fue el programa de televisión que vimos hace un mes? Ya no sabemos. Los
objetos del Museo del Oro son antigüedades que datan de hace 500 o 2.000
años, y fueron hechos por unas gentes maravillosas en una época
dorada que envidiaría Indiana Jones. Investigar es un placer; por eso existen
las novelas policíacas y se cuentan por millones sus lectores. Si el niño
logra captar esta esencia, ya será un investigador y las preguntas lo asaltarán
a borbotones. ¿Cómo vivían los indígenas que hicieron
esto? El texto dice que eran cacicazgos, ¿qué será eso?;
¿Cómo se vestían? ¡Esta figura de tumbaga muestra un
señor con dos aretes en cada oreja! ¿Estaría loco ? ¡Este
alfiler Calima se me parece a aquella estatua de San Agustín! En
realidad, el alumno puede enfrentarse fácilmente a la dificultad de tener
más preguntas de las que el museo resuelve o de las que la ciencia arqueológica
ha aclarado. Lo mismo le ocurre al arqueólogo cuando investiga. Sin embargo,
para el investigador novato sería una frustración que el maestro
preguntara sin conocer él mismo el contenido del museo. ¿Qué
preguntar, entonces ? Establecer un catálogo de preguntas posibles sería
matar la creatividad que buscamos en los cursos de aproximación del maestro
al Museo. Pero se entrevén ya algunas directrices:
Hablar en un museo es esencial:
los objetos se comentan, se descubren en grupo. La investigación también
debería hacerse en grupos, ojalá trabajando distintas preguntas
para luego intercambiar conocimientos y experiencias.
Más que pedir "investiguen
todo", conviene proponer un tema o pregunta clara y delimitada. Puede ser
de una sola cultura o de culturas que pertenezcan a una misma tradición
arqueológica (Suroccidente o Norte).
Las piezas nos proveen de información
por sí mismas (la balsa muisca tiene once personajes, el del centro es
más grande y por lo tanto es el cacique, etc.), y también en su
relación con algunas otras o con el contexto donde están presentadas
(definido por el guión).
El guión actual del Museo del Oro es de
muy alta calidad museográfica y científica, pero
no apunta a los mismos temas que define el pénsum escolar.
El maestro es quien puede conectar ambos contenidos, o proponer
una lectura que el estudiante ponga en relación con lo
que encuentra expuesto.
Finalmente, tal vez es el estudiante quien mejor nos pueda señalar
qué le llamó la atención y le produjo curiosidad.
Y, nuevamente, es el maestro quien está en capacidad
de acceder a ese conocimiento.
Publicado inicialmente en el Boletín
Museo del Oro, No. 37, 1994.
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