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"¡Y qué importante!", comentan
siempre mis tías y en realidad cualquier persona que
amablemente busque ponerle un tema de conversación a
un arqueólogo. Lo grave es que casi siempre agregan:
Y todos esos fósiles que hay en Villa de Leyva,
¿tú ya los has estudiado?
A lo que el arqueólogo responde, casi invariablemente:
Tía, ¡Parece que esta tarde sí va
a llover!
A esto se deben, probablemente, el halo de misterio que envuelve
la profesión del arqueólogo, y la extraña
mirada de mi tía.
Los responsables de esta confusión son sin duda los
Picapiedra, porque los arqueólogos saben que los dinosaurios
se extinguieron muchos millones de años antes de que
en algún lugar de Africa evolucionaran los primeros humanos:
nunca en el mundo real un Pedro Picapiedra pudo tener por mascota
un Dino o por pala mecánica un brontosaurio. A los dinosaurios
de Villa de Leyva los estudia la ciencia de la Paleontología
(huesos viejos) que es de la familia de la Zoología (animales),
en tanto que la Arqueología es una rama de la Antropología,
"el estudio del hombre", la ciencia que se interesa
por los seres humanos como personas sociales que producen cultura
para relacionarse entre sí y que son resultado tanto
de una evolución biológica como de una historia
variada y rica.
Esta nota busca revelar, para los maestros y los escolares
que visitan el Museo del Oro, el misterio de la Arqueología.
Presenta brevemente los métodos y técnicas que
le permiten remontarse siglos y milenios en el tiempo para estudiar
la historia del hombre desde que éste evolucionó
de entre los primates; muestra cómo es posible seguirle
la pista a las gentes que en los distintos continentes fueron
ocupando espacios, conociendo los ambientes, desarrollando tecnologías
y creando complejidad social hasta producir una inmensa variedad
de sociedades.

La especie humana se diferencia de los animales ante todo porque
para vivir en sociedad produce un sinnúmero de convenciones
ajenas por completo a la herencia biológica, que se transmiten
de generación en generación al interior de cada
grupo mediante la enseñanza y el ejemplo. Son la cultura:
el conjunto de experiencias, ideales, normas, reglas de vida,
conocimientos, tradiciones, lenguaje, etc., que caracterizan
a cada grupo social.
No hay ni puede haber personas sin cultura. Los humanos requerimos
este bagaje para suplir varias de nuestras deficiencias biológicas
(no volamos pero inventamos el avión, no tenemos fauces
como el león pero descubrimos el cuchillo, no resistimos
el frío como el oso polar pero desarrollamos el igloo
o el Dupont); además, compartir una cultura es indispensable
para establecer qué está permitido y qué
es correcto o indebido para la vida en conjunto (no sólo
los modales en la mesa, sino qué idioma hablamos, con
quienes nos podemos casar y con quienes sería pecado
hacerlo, a quién obedecemos, en qué confiamos).
La cultura es de tal importancia que con frecuencia la damos
por hecho y se nos olvida que estamos viviendo en, para y gracias
a ella, y que ella define y da forma a cada uno de los elementos
que nos rodean. Todos tenemos cultura, pero cada grupo humano
tiene una propia y distinta.
Es posible estudiar y describir la cultura de un grupo humano
en determinado momento, tal como lo hace la Antropología
Social. Referirnos por ejemplo a la sociedad colombiana de hoy,
o a la sociedad guambiana del Cauca, y observar cómo
viven las personas, qué comen, en qué creen, qué
aptitudes tienen, qué costumbres y tradiciones practican,
cómo son sus familias y su organización social.
Pero la descripción no estará completa si no sabemos
cómo se llegó a ser así, ni será
fácil predecir cómo va a cambiar esa sociedad,
qué puede incidir en su futuro o es probable que suceda,
si no sabemos qué pasó antes.
La misión de la Arqueología es entonces reconstruir
sociedades y culturas desaparecidas, que dejaron de ser o cambiaron,
y de las que quedan vestigios materiales dispersos en el suelo
o bajo él. Esos fragmentos materiales que permanecieron
botados o enterrados en el piso están impregnados de
la cultura de quienes los usaron. Para saber cómo vivieron
las gentes de antes, las claves son sus huellas y vestigios,
y los "detectives" son los arqueólogos.
En este quehacer, la Arqueología ayuda incluso a recuperar
conocimientos que la sociedad olvidó por el camino y
que podrían de nuevo ser adaptativos en su medio. También
para la conciencia de identidad que tiene esa sociedad es importante
un conocimiento cabal de su pasado, y la Arqueología
responde a la necesidad existencial de saber de dónde
venimos, cómo llegamos a ser lo que somos.

Como nuestra sociedad escribe, creemos que la escritura es la
fuente por excelencia para conocer el pasado. De hecho, llamamos
Historia a la ciencia social que usa como fuente los documentos
escritos del ayer. Pero la escritura es más que nueva,
reciente. Ante una historia humana de más de tres millones
de años, lo escrito nos ilustra sólo sobre una ínfima
fracción del último periodo, unos 5.000 años.
En el caso del territorio colombiano, donde viven gentes desde
hace 40.000 años, apenas hay testimonios escritos desde
hace 500 años. La Arqueología, en cambio, puede
remontarse hasta cualquier fecha en que haya habido actividad
humana y responder a las preguntas: dónde, cuándo,
cómo.
Cierto es que los vestigios de esta actividad son siempre escasos
y fragmentarios. De una vivienda de madera sólo encontraremos
las huellas de los postes que estuvieron enterrados en el piso,
una mancha negra donde estuvo el fogón, las basuras arrojadas
pendiente abajo, tal vez unos fragmentos de huesos en un entierro
cercano. Lo conservado puede ser menos del 1% de lo que existió.
Sin embargo, los arqueólogos que ya han aprendido
a no ver solamente los sitios monumentales (las pirámides,
las murallas, Machu Picchu, las estatuas monolíticas
de San Agustín), han desarrollado métodos
y técnicas para investigar todos aquellos casos en los
que el hombre modificó el medio o dejó algunos
restos botados, incluso los más ínfimos. El polen
ahora fósil de antiguas flores en un pantano, el carbón
vegetal que ayuda a fechar una tumba o un basurero, la marca
de un cuchillo dejada por una mano humana en el hueso de un
mamut, las huellas de la vida nunca escrita de los esclavos
en una hacienda esclavista: esos son los tesoros, las verdaderas
arcas perdidas que busca el arqueólogo.
El trabajo de armar este rompecabezas debe ser supremamente
minucioso; no cabe darse el lujo de desperdiciar una pieza,
de perder un indicio. De ahí la importancia de seguir
uno a uno los pasos del método científico.

Todo empieza por plantearse un objetivo, un proyecto. Nunca se
excava "a ver qué se encuentra" sino para resolver
una pregunta previa: ¿cómo organizaban los muiscas
sus aldeas? ¿En qué fechas vivieron los taironas
en Ciudad Perdida?, ¿dónde y qué cultivaban?
Como la Arqueología es una ciencia acumulativa, de cada
conocimiento adquirido surgen nuevas preguntas. Después
de estudiar qué se ha dicho sobre el problema escogido,
el arqueólogo redacta un Proyecto poniendo en claro qué
quiere hacer, cómo lo hará, a qué costo,
qué se sabe ya, y a qué fuentes se piensa dirigir
en su investigación.
La segunda fase, la Prospección, consiste en recorrer
el área de estudio buscando sitios arqueológicos
(con vestigios) de acuerdo con las preguntas previas. Se utilizan
los estudios anteriores, la mitología indígena
o el saber de los pobladores que conocen de "huellas de
antigua" y de sitios donde "salen ollitas" o
donde alguna vez se localizó por accidente una tumba.
El ojo entrenado del arqueólogo tiene la destreza para
reconocer en las formas del suelo un relieve que no parece natural
sino obra humana: un montículo, un terraplén,
un camino, una terraza en la ladera. Descubre las zanjas antiguas
porque la vegetación que las cubre crece más alta
o más verde debido a que tiene raíces más
hondas o mayor humedad. Se ayuda con técnicas como la
fotografía aérea y de satélite que abarcan
áreas muy amplias, la fotografía infrarroja que
ve la temperatura, o métodos para medir la conductividad
eléctrica o el magnetismo terrestre distorsionados por
las estructuras enterradas en un lugar dado. Además de
la recolección superficial de restos, el arqueólogo
realiza pozos de sondeo que son pequeños huecos cuadrados
de 50 cm de lado donde prueba si se encuentran vestigios y cómo
se superponen.

La etapa central de la investigación es la excavación
arqueológica. Según el tipo de sitio se escoge una
forma de excavación. Un sitio estratificado es aquel donde
las capas de tierra cubrieron un rastro de actividad humana abandonado,
superponiéndose una tras otra con el paso del tiempo: la
más profunda entonces es la más antigua y la superior
es la más reciente, de manera que los objetos aparecen
ubicados en una cronología relativa. El arqueólogo
va retirando y "leyendo" los estratos de tierra como
las páginas de un libro. Sus herramientas son un palustre
pequeño de albañil o incluso brochas de pintor e
instrumentos de dentistería, que le sirven para recuperar
los vestigios con la mayor delicadeza y detalle. A medida que
se retira una capa se la destruye necesariamente: de ahí
la necesidad de registrar todos los datos en el diario de apuntes,
en dibujos, planos y en fotografías, ya que nunca otra
persona podrá leer esa página.
Lo que un obrero normalmente excava en media hora le toma a
los arqueólogos varios días de trabajo minucioso.
Buscan la más leve información que conteste sus
preguntas: recogen el carbón vegetal de un fogón
que les proporcionará una fecha de carbono-14, miden
la disposición interna de una vivienda que tenía
piso de tierra, ubican los restos de semillas carbonizadas,
toman muestras de suelos, cuadriculan el plano del lugar como
un tablero de ajedrez y guardan todos los fragmentos de cerámica
y otras cosas en bolsas marcadas con el nombre de la cuadrícula
(A7, B10,...), la profundidad y el contexto asociado: se trata
de saber qué cosas aparecieron juntas, o mejor, qué
hacían las personas que dejaron esas cosas así
juntas.

Cuando la excavación termina el arqueólogo tiene,
por un lado, materiales (huesos, fragmentos de ollas de barro,
piedras afiladas, bolsas de tierra) e información (cómo
esos materiales se interrelacionaban, en qué contexto se
encontraron). La cuarta etapa de su trabajo es entonces el análisis
de esos materiales y de esa información.
En el laboratorio de arqueología, donde tiene unas mesas
grandes y mucha luz, lava cuidadosamente los fragmentos, intenta
restaurar y reconstituir las vasijas que se hallaron rotas y
hace tipologías separando los restos de cerámica
en grupos o tipos según algunos criterios (ollas de cocina
contra cerámicas funerarias, por ejemplo). Para el análisis
acude a numerosas ciencias auxiliares. La botánica y
la zoología le permiten identificar los restos de huesos,
plantas, semillas y entonces saber de la alimentación
o del clima; los análisis físico-químicos
le indican qué tipo de arcilla se usó para cierta
olla y de dónde procede, o cuál fue la temperatura
de cocción y por lo tanto la técnica de su manufactura;
métodos atómicos sirven para fechar la materia
orgánica (¿cuándo se cortó el árbol
que dio este carbón vegetal?, ¿de cuándo
es el algodón de este textil?). El estudio físico
de los huesos descubre la edad y el sexo de un esqueleto, si
realizaba trabajos fuertes como el de la agricultura y qué
enfermedades sufría; por análisis de isótopos
de los mismos huesos se sabe si la persona comía en vida
sobre todo carbohidratos o carne o recursos marinos, por ejemplo.
Cuando se tiene la información del contexto y el análisis
de materiales se procede a elaborar el informe de la investigación.
Entonces el arqueólogo compara sus preguntas iniciales
con la información recogida. No solamente describe lo
hallado, sino que busca sacar conclusiones sociales sobre la
historia humana en ese lugar y región. Aunque los informes
son generalmente densos escritos científicos, también
es responsabilidad del arqueólogo divulgar y dar a conocer
esos resultados haciéndolos revertir a la sociedad que
lo ha educado y financiado en la forma de libros, conferencias,
revistas y exposiciones de museos.
Como se ve, un trabajo tan delicado exige profesionales entrenados,
por lo que la ley prohibe que otras personas lo intenten ya
sea por vivir una aventura en la finca o por intentar hallar
un tesoro material. Todos debemos proteger los vestigios arqueológicos
de la destrucción y el irrespeto, sin afectar su contexto,
ya que no son el patrimonio de unos pocos sino la única
vía para conocer sobre el pasado de una nación,
que es el fundamento de su futuro. ¡Y que los objetos
arqueológicos están mejor en los museos que en
colecciones privadas, eso es lo primero que voy a decirle a
mi tía!
*Estas explicaciones sobre la Arqueología
fueron presentadas por Roberto Lleras en una conferencia en
el Museo del Oro el 6 de mayo de 1995, y redactadas para este
artículo por E. Londoño.
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