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El 29 de abril de 2004 fue presentada
en el Museo del Oro del Banco de la República una nueva
serie de estampillas alusivas a la Balsa Muisca, la leyenda
de El Dorado y la laguna de Guatavita.
Las estampillas, diseñadas y producidas por la Administración
Postal Nacional del Ministerio de Comunicaciones, celebran la
supervivencia de uno de los más importantes conjuntos
de lugares geográficos, objetos y tradiciones de nuestro
patrimonio cultural. Hoy, tras casi quinientos años de
la conquista y colonización de estas tierras, Guatavita
y la Balsa Muisca del Museo del Oro del Banco de la República
se han convertido en iconos de la mitología y el arte
de la humanidad.
La historia que ha precedido a esta consagración ha
estado marcada por diversos y dispares eventos que, en ocasiones,
han llegado a amenazar seriamente la existencia misma de los
sitios y objetos que hoy tanto apreciamos. Todo empieza en la
época de las sociedades muiscas (600 a 1500 años
después de Cristo) cuando los caciques y sacerdotes indígenas
celebraban en las pequeñas lagunas de páramo ceremonias
de ofrenda mediante las cuales mantenían el equilibrio
sagrado del cosmos.
Juan Rodriguez Freyle, hijo de uno de los conquistadores del
Nuevo Reino, nos cuenta en su libro El Carnero (1635)
que:
...en aquella laguna de Guatavita se hiciese una gran
balsa de juncos, y aderezábanla lo más vistoso
que podían
A este tiempo estaba toda la laguna
coronada de indios y encendida por toda la circunferencia, los
indios e indias todos coronados de oro, plumas y chagualas
A este tiempo desnudaban al heredero en carnes vivas y lo untaban
con una liga pegajosa, y rociaban todo con oro en polvo, de
manera que iba todo cubierto de ese metal. Metíanlo en
la balsa, en la cual iba parado, y a los pies le ponían
un gran montón de oro y esmeraldas para que ofreciese
a su dios. Entraban con él en la barca cuatro caciques,
los más principales, aderezados de plumería, corona,
brazaletes, chagualas y orejeras de oro, y también desnudos,
y cada cual llevaba a los pies su ofrecimiento
Hacía
el indio dorado su ofrecimiento echando todo el oro y esmeraldas
que llevaba a los pies en medio de la laguna, seguíanse
luego los demás caciques que le acompañaban. Concluida
la ceremonia batían las banderas que todo el tiempo que
se gastaba en el ofrecimiento las tenían levantadas,
y partiendo la balsa a la tierra comenzaban la grita, que duraba
hasta que el cacique abordaba de nuevo, que se repetía
con corros de bailes y danzas a su modo
De esta ceremonia
se tomó el nombre de El Dorado tan celebrado y que tantas
vidas y haciendas ha costado
La laguna de Guatavita está situada en jurisdicción
del municipio de Sesquilé, departamento de Cundinamarca,
a una altura de 3.100 m.s.n.m. a 4º 58 de latitud
norte y 73º 47´ de longitud oeste en la Cordillera
Oriental de los Andes.
La pieza de oro que se conoce como la Balsa Muisca se ha asociado
desde su descubrimiento con esta leyenda. Ella es la personificación
de los mitos que han hecho de Guatavita un lugar mágico,
refugio de un gran tesoro que han perseguido decenas de hombres
en los últimos quinientos años. Guatavita fue
el nombre que recibió un poderoso cacique muisca cuyos
dominios se encontraban alrededor del poblado y la laguna. Fue
un hombre respetado y alabado por sus sujetos y por las poblaciones
vecinas; su poder y las ceremonias que se hacían en sus
dominios atraían grandes cantidades de gente.
La balsa, intrincado tejido de hilos dorados que asemejan juncos,
presenta al cacique en toda su majestad. Su grandeza se resalta
por encima de quienes lo acompañan, hombres que apartan
la mirada de su figura, es el portador de un gran tocado y una
nariguera que remata en dos picos de aves. Junto a el, aparecen
sus acompañantes: seis balseros en los costados, dos
personajes sentados con poporos en sus manos y dos sacerdotes
que cubren sus rostros con máscaras de jaguar.
Otros cronistas de Indias como Alonso de Zamora y Juan de
Castellanos tratan de asociar el significado de la ceremonia
en la laguna de Guatavita con otra leyenda, la de la cacica
Guatavita. Según esta narración el cacique descubre
la infidelidad de su esposa y, lleno de ira, hace sacrificar
al amante. Cuando ella descubre el crimen se sumerge con su
hija en la laguna, donde vive con un dragoncillo y periódicamente
emerge como vocera de tragedias o buenas nuevas. Esta versión
de lógica renacentista no concuerda con las mitologías
indígenas actuales, donde las ofrendas colocadas en rocas,
montes y lagunas buscan propiciar el equilibrio del mundo.
Así, las lagunas tenían un significado especial,
tanto Guatavita como Guasca, Siecha, Teusaca, Ubaque, Fúquene,
Tota, Iguaque, Chingaza, Suesca y otras muchas. Sin embargo,
es la primera de ellas la que pareció predominar por
sobre las demás, la más visitada y el receptáculo
del mayor número de ofrendas. Razón por la cual,
por encima de cualquier otro lugar del antiguo territorio muisca,
ésta ha sido objeto de saqueos y búsquedas desaforadas
y desafortunadas de tesoros.
A comienzos de 1969 en cercanías de la población
de Pasca, al sur de Bogota, tres campesinos que se encontraban
cazando encontraron una vasija de cerámica en cuyo interior
estaba una balsa de juncos con las figuras de un cacique y su
comitiva. Gracias a la colaboración del párroco,
el padre Jaime Hincapié Santamaría, finalmente
se logró que este importante hallazgo fuera preservado
para todos los colombianos dentro de las colecciones del Museo
del Oro.
La balsa fue elaborada por el método de fundición
a la cera perdida en una sola etapa. Tiene una longitud de 19.5 cm, un ancho de 10.1 cm y
una altura de 10.2 cm. Es considerada como uno de los objetos
más importantes del Museo del Oro del Banco de la República
y uno de los iconos más representativos del arte y del
patrimonio prehispánico de América.
Las estampillas están disponibles en las oficinas de
Adpostal en todo el país y en Bogotá en el Museo
Postal, Edificio Murillo Toro, piso 2, de lunes a viernes de
8:30 a.m a 4:30 pm.
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