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Los costos de la inflación son muchos y, por lo tanto, son también muchos los beneficios de reducirla. Pero como este proceso de reducción también puede implicar costos para la sociedad, es necesario evaluar el efecto neto que resulta de ello.
Los costos de reducir la inflación se derivan de la posible relación positiva que existe en el corto plazo entre cambios en dicha tasa y el crecimiento, o de la relación negativa que se da entre la inflación y el desempleo. Esta última se expresa en la tradicional Curva de Phillips. El Profesor Laurence Ball, reconocida autoridad internacional en esta materia, repasó dichos efectos y expuso los resultados de los trabajos empíricos realizados en países desarrollados, que indican que la "tasa de sacrificio"1 en que debe incurrir un país para reducir sus niveles de inflación puede ser bastante alta. Si bien estos costos se dan en el corto plazo, podrían tener efectos permanentes si se presenta el fenómeno de "histéresis", que resulta cuando las pérdidas en crecimiento no son solo temporales sino permanentes. Pero también pueden ser menores si el proceso de desinflación cuenta con un alto nivel de credibilidad.
El tono pesimista del profesor Ball, cuyo trabajo hace énfasis en los costos y no sobre los beneficios y se concentra en el caso de economías desarrolladas, fue matizado por los demás expositores del seminario, que mostraron cómo la "tasa de sacrificio" puede ser mucho más baja para los países en desarrollo y está ampliamente compensada por los beneficios de largo plazo de tener menor inflación.
Aplicando la metodología de Ball para el cálculo de la "tasa de sacrificio" a 41 episodios de desinflación, David Yuravlivker y Zeinab Partow encontraron que ésta fue, en promedio, de 0,14%, mientras que Ball encontraba para los países de la OECD un promedio de 0,82%. El mismo trabajo encuentra que en uno de cada tres episodios, la tasa de sacrificio es negativa, es decir, que el crecimiento aumenta al tiempo que se reduce la inflación. En América Latina la relación es todavía mejor pues 8 de 14 episodios han tenido tasas de sacrificio positivas. Para Colombia el cálculo de la tasa de sacrificio para el período entre 1991 y 1997 resulta ligeramente positivo (0,03%).
El trabajo de José Darío Uribe y Andrés Felipe Arias encuentra una tasa de sacrificio para un período similar prácticamente nula aunque con signo negativo (-0,03). En otros dos episodios de desinflación (1977-1979 y 1980-1984) este trabajo encuentra tasas de sacrificio entre 0,03 y 0,04%.
En términos generales, el costo de reducir la inflación es menor cuando se parte desde niveles relativamente altos que cuando se reduce de niveles ya muy bajos. El costo también se puede reducir cuando el programa de desinflación cuenta con mayor credibilidad, cuando hay mayor apertura de la economía o cuando hay una mayor profundidad financiera. Además, mientras menos rigideces se encuentren en los mercados de trabajo y de productos para los ajustes de salarios y de precios o para los ajustes en niveles de empleo y producción, menor será el costo de desinflar. Existe, por otro lado, una discusión sobre la velocidad de la desinflación. Algunos sostienen que el gradualismo conlleva menos costos, pues permite que los salarios y los precios se ajusten a las nuevas condiciones, mientras que otros señalan que un ajuste drástico puede tener mayor credibilidad.
Los resultados empíricos de Yuravlivker y Partow indican que efectivamente, las tasas de sacrificio son menores en los casos de inflaciones moderadas y persistentes (15-50%) y que dicha tasa tiende a reducirse cuando hay mayor credibilidad en la política de estabilización. Los resultados respecto a la velocidad del ajuste no son concluyentes.
La "tasa de sacrificio" se calcula como la
pérdida en crecimiento frente al potencial dividido por la reducción en la inflación. |
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